miércoles, 18 de septiembre de 2019


POLVO EN EL DESIERTO



Había cambiado. Reinventé una versión de mí que dejé en el pasado, pero mi sorpresa fue mayor al pensar que simplemente había fallado; que no fui más que un intento de algo y cada vez me perdía más en aquel libro de proyectos incompletos de alguien. Me creí Atlas y quise llevar tu mundo en mis hombros y vaya engaño, si mis fuerzas se veían mermadas ante cada deseo y cada que una musa tocaba a mi puerta, se transformaba en una quimera y perdía un poco de mi alma en ella. Débil y sin temple, así me veía. El yermo suelo bajo mis pies estaba casi tan seco y árido como mi boca, tuve sed y pedía a gritos las celestes lagunas que habitan tus ojos. Entonces me hice líquido, me desbordé de deseo y mojé todo el desierto. Del suelo impregnado de mí, crecieron buganvilias, no sé el porqué; también crecieron algunas venus, creo que por mi hambre, esa hambre de ti. Nació un oasis, uno tan traicionero como las palabras que un día pronuncié. El manantial que de él manaba era tan ácido como el mar rojo. El dulce aroma de sus plantas escondían las pútridas mieles de recuerdos que abrían una vez cualquier herida.

Al horizonte tu silueta se dibujó. Caminabas tan decidida; como cuando somos niños y alguien llama a la puerta a jugar. De tus huellas crecían lotos, y tu cabello daba vida figuras que recordaban ondinas, purificando el aire. Mientras avanzabas hacía la pesadilla que lucía como un oasis una lluvia tenue bañaba tu cuerpo. Las finas sedas que vestías dibujaban tu cuerpo de mil colores, como acuarelas en un lienzo exquisito. El desierto cobraba aún más vida. Entonces llegaste al oasis y el miedo se retiró, ahí estaba yo; de rodillas bajo el sol, entre sudor lágrimas… Las pesadillas se fueron y ahí estabas tú, con tu no sé qué, como agua para el sediento; como sueños para el condenado. Tan llena de universo que la luna hizo su hogar en tus ojos y aquel oasis solo era una mota de polvo en el desierto.

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