POLVO EN EL DESIERTO
Había cambiado. Reinventé una versión de mí que
dejé en el pasado, pero mi sorpresa fue mayor al pensar que simplemente había
fallado; que no fui más que un intento de algo y cada vez me perdía más en
aquel libro de proyectos incompletos de alguien. Me creí Atlas y quise llevar
tu mundo en mis hombros y vaya engaño, si mis fuerzas se veían mermadas ante
cada deseo y cada que una musa tocaba a mi puerta, se transformaba en una
quimera y perdía un poco de mi alma en ella. Débil y sin temple, así me veía.
El yermo suelo bajo mis pies estaba casi tan seco y árido como mi boca, tuve
sed y pedía a gritos las celestes lagunas que habitan tus ojos. Entonces me
hice líquido, me desbordé de deseo y mojé todo el desierto. Del suelo
impregnado de mí, crecieron buganvilias, no sé el porqué; también crecieron
algunas venus, creo que por mi hambre, esa hambre de ti. Nació un oasis, uno
tan traicionero como las palabras que un día pronuncié. El manantial que de él
manaba era tan ácido como el mar rojo. El dulce aroma de sus plantas
escondían las pútridas mieles de recuerdos que abrían una vez cualquier herida.
Al horizonte tu silueta se dibujó. Caminabas
tan decidida; como cuando somos niños y alguien llama a la puerta a jugar. De tus
huellas crecían lotos, y tu cabello daba vida figuras que recordaban ondinas, purificando el aire. Mientras avanzabas hacía la pesadilla que lucía como
un oasis una lluvia tenue bañaba tu cuerpo. Las finas sedas que vestías dibujaban
tu cuerpo de mil colores, como acuarelas en un lienzo exquisito. El desierto
cobraba aún más vida. Entonces llegaste al oasis y el miedo se retiró, ahí
estaba yo; de rodillas bajo el sol, entre sudor lágrimas… Las pesadillas se
fueron y ahí estabas tú, con tu no sé qué, como agua para el sediento; como
sueños para el condenado. Tan llena de universo que la luna hizo su hogar en
tus ojos y aquel oasis solo era una mota de polvo en el desierto.