HOMBRECILLO
Entonces el
hombre se sentó a ver pasar la vida. Sintió cómo el gélido viento resoplaba
tras su cuello desnudo para después mecer las ramas del delgado pino, este
yacía en la plaza. Le era inevitable omitir tal belleza, las efímeras flores contrastaban
con el frío, ese mismo que resguardaba a los jóvenes y chocaba contra las aulas
del silencio.
¡Un motivo
más para vivir! Esta era la súplica matutina del hombrecillo, siempre sin
respuesta alguna. Tal vez esa era su razón, la respuesta que no llegaba, miraba
siempre la ventana a la espera de algo, de alguien. Miraba su reloj esperando
la hora de dormir, para él, quizá, la única forma de detener su perturbada
cabeza, de sentirse muerto.
Hábil con
las palabras, pero nunca logró escribir algo bien, solo esa carta quedó
correcta, o quizá no tanto, algunos errores gramaticales eran inaceptables. Él
solo se percató al final, pero ya era tarde, la brillante hoja que acarició su
piel hizo verter el líquido que como monedas de vida se escapaban de su ser.
<<Dos
cortes verticales>> dijo el forense.